7 cosas que te pasan cuando llevas meses viajando

Si viajar mola, viajar por una larga temporada, mola mucho más. Y si no, que se lo pregunten a los que se quedan en casa contemplando las fotos de esos amigos que se han ido, y no se sabe nunca cuándo regresarán. Qué bonita, apacible e idílica parece la vida de viaje. “Vacaciones en el mar” es una película de terror comparado con lo que está viviendo tu amigo o amiga.

Pocos se cuestionan que hay más allá de las fotos de playas paradisíacas e innombrables lugares remotos que se ven en Instagram.

A continuación, os desvelo lo que pasa “detrás de la cámara”, lo que no se muestra en redes sociales, lo que te cambia la vida los viajes de meses.

Las 7 cosas que pasan cuando llevas meses viajando.

1. Pierdes la noción del tiempo

Completar cualquier formulario te hace sudar. En esos momentos te das cuenta de que la situación es más grave de lo que pensabas. ¡Te cuesta incluso escribir el año en el que estás! Ya ni hablemos del día y el mes.

Las semanas dejan de ser de siete días. Lunes, jueves o domingo ¡te da igual! Te tienes que poner una alarma para citas, vuelos, o autobuses. Tu mente vive en el hoy ¡y nunca mejor dicho!

 

2. Dormir en el suelo, ¡buen plan!

Viajar durante meses es la mejor terapia anti-tonterías: Que necesito mi almohada, que el colchón de viscoelástica, que si demasiada luz, que si demasiado ruido, que bla bla bla. Después de meses en ruta, estarás listo para dormir donde sea, como sea, y cuando sea, ¡cuestión de supervivencia!

 

3. Cambias tu concepto de amistad

Cambias la expresión “amigos de toda la vida”, por “amigos de todo el mundo”. Sabes que tienes casa y amigos esperándote hasta en los rincones más recónditos del mapa. Ya no vas a visitar a tu amiga a tres calles más allá, ¡te vas a visitarla a tres países más allá!

Sabes que en cuestión de segundos se puede forjar una amistad para toda la vida, que las despedidas con lágrimas se convierten en el pan nuestro de cada día, que los reencuentros en la otra punta del mundo con abrazos de los que ahogan, no es una ficción de película ñoña de sobremesa, ¡es tu realidad!

 

4. El mundo se reduce considerablemente.

Y aquel globo terráqueo de la escuela donde nos fascinábamos imaginando lugares perdidos, se convierte en algo asequible y cercano. Nada está demasiado lejos. Veinte horas de viaje es un paseo. El mundo se convierte en un lugar por el que casi casi, te paseas con zapatillas de andar por casa.

 

5. Tu mente se convierte en una Torre de Babel.

Eres capaz de chapurrear chino mandarín con tal de iniciar una conversación. Te lías y hablas en inglés con españoles, en español con franceses, en portugués con ingleses. Y en esas noches de habitaciones compartidas, ya no sabes ni cual es tu idioma materno. Mezclas expresiones, palabras, jergas, y chascarrillos en todas las lenguas. Ya no te avergüenza equivocarte, ni tu acento typical spanish, quieres comunicarte ¡y te comunicas!

 

6. Te naturalizas

Vives con lo mínimo. Te sientes guapo o guapa con tus cuatro cosas rotas. Te asilvestras, vives con el pelo despeinado, con los pies descalzos, te olvidas de modas, colores, tendencias y de qué es lo que se va a llevar este invierno. ¡Te da igual! Eres feliz con tu casa a cuestas, no necesitas tener más, y reafirmas con certeza que la belleza, la da la felicidad, no el amarillo canario que fue tendencia la primavera pasada.

 

7. Flexibilizas tu vida

Fuera horarios, relojes, y formas. Comes cuando tienes hambre, bebes cuando tienes sed, y duermes cuando tienes sueño. Poco importa que no sean horas en tu país de origen. Cuando llevas meses viajando tu reloj interno es el único que manda. Por primera vez comienzas a escuchar y a seguir tus propios biorritmos, ganando en salud y también en calidad de vida.

 

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